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200 millones de desempleados

marzo 7, 2015

José Blanco

En 2015 existen 243 países, incluyendo los diminutos territorios dependientes (por ejemplo, Islas Caimán, administrado por Inglaterra). Sólo cinco países (China, India, Estados Unidos, Indonesia y Brasil) poseen, cada uno, una población mayor que el número de desempleados que hay actualmente en el mundo, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Cifra que se refiere al mundo del trabajo asalariado.

La OIT lee esa cifra en términos estructurales, como tendencia de largo plazo, sin desconocer la proporción atribuible a la acentuada recesión que vive la economía mundial. C æ teris paribus, esa cifra tenderá a crecer persistentemente. La razón central que genera esa tendencia es la revolución científico tecnológica que marcha cada vez más de prisa. De acuerdo con Guy Ryder, director de la OIT, el riesgo de que las nuevas tecnologías, en un sinnúmero de ramas de actividad, continúen destruyendo puestos de trabajo, es más alto que nunca en el pasado. En medio de esta gran crisis del empleo, la tecnología sigue reduciendo la mano de obra necesaria para la producción en masa, al tiempo que la automatización de las tareas legales y contables de rutina también está vaciando ese sector del mercado de trabajo. La robótica está revolucionando la fabricación de manufacturas; cada año, 200 mil robots industriales entran en uso. Este año se espera que el total de robots industriales sume 1.5 millones. La tendencia robotizadora se está

acelerando sin freno, y ya hace tiempo que se sueña (sueños extraordinariamente realistas) en producir robots que fabriquen auomatizadamente robots. El problema del futuro del trabajo aparece atrozmente aterrador. La OIT ha intentado que la ONU recoja este tema en toda su alucinante realidad y se lleve a cabo una reflexión profunda, a la altura de este perturbador problema. Parece demasiado escabroso para cualquier agencia de la ONU por cuanto todos tenemos la certeza de que el creciente ritmo de innovación tecnológica proseguirá. ¿“Algo” puede detener esa tendencia? Es una pregunta sin sentido: todo el mundo desarrollado está febrilmente impulsando la revolución tecnológica en marcha. Hoy en día, en medio de una recesión dentro de la recesión de largo plazo, el proceso de innovación es frenético. Se ha argumentado que es preciso formar a las nuevas generaciones para un mercado de trabajo en innovación permanente. Sí, puede imaginarse que un segmento del mercado puede absorber a mujeres y hombres capacitados para adaptarse al cambio continuo. Pero en la medida en que la robotización avance, ese segmento irá contrayéndose. ¿Pueden robotizarse todos los procesos productivos industriales y agropecuarios? En un horizonte suficiente, probablemente sí. Otras franjas de actividad también están robotizándose, por ejemplo, la medicina. La innovación es consustancial a la acumulación de capital. En términos históricos, dos fuerzas han impulsado la innovación permanente. Una es la competencia entre capitalistas; el abatimiento de los costos unitarios de los productos permite adueñarse de segmentos mayores del mercado; o la mejora en la calidad, o de la eficacia del funcionamiento de un producto –según de qué rama se trate–, sin elevar los precios, produce el mismo efecto. Resumimos estos resultados diciendo que ha habido un aumento de la productividad de las empresas que han logrado las mejores innovaciones. Si retrocedemos a un momento que va quedando cada vez más lejano, veremos más claramente la otra fuerza que ha impulsado la innovación: la lucha de los sindicatos buscando que una parte de los aumentos de productividad se traduzcan en mejores salarios y mejores condiciones de vida. Pero siempre los capitalistas tuvieron un arma infalible contra esa

lucha sindical: aumentar la productividad, mediante las respectivas innovaciones, en la producción de los bienes-salario. De este modo son abaratados los salarios, al tiempo que los asalariados adquieren mejores productos y mejores condiciones de vida. Y los capitalistas…, mayores ganancias. Conforme esas dos fuerzas actúan impulsando la productividad, el capitalismo se desarrolla cada vez más (todo, siempre ahí donde existen todas las condiciones para que el proceso de innovación sea acelerado y continuo). En nuestros días esa segunda fuerza, la fuerza sindical, se ha debilitado hasta volverse irreconocible. Los procesos productivos automatizados la han desplazado, el inmenso desempleo la ha aplastado, las dirigencias sindicales se han corrompido. No es más una fuerza que impulse la innovación, y la innovación no requiere más de esta fuerza para avanzar como nunca en el pasado. Las personas que entran en el mercado laboral están encontrando cada vez más sólo contratos temporales o, a menudo, se ven obligados a ingresar al trabajo informal o emigrar en busca de sustento. En los países desarrollados el desempleo se nutre, además, de la llamada deslocalización de las industrias, es decir, el desplazamiento de empresas hacia países con salarios sensiblemente más bajos. Los procesos descritos son parte sustancial del fenómeno del siglo: la conformación del ahora famosísimo uno por ciento. Esos mismos procesos construyen mercados hiperconcentrados: se producen artículos ultrasofisticados para las élites del mundo, en un espacio social de miles de millones de mujeres y hombres en el precarismo más inhumano. Este capitalismo puede seguir funcionando lentamente con consumos inimaginables para las élites: viajes a la Luna, por ejemplo, que podría ser acondicionada para el turismo proveniente del uno por ciento. Pero social y políticamente este capitalismo no tiene futuro.

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